Una espina
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Una espina

Una Espina

¿ Cual era la espina de San Pablo? ¿ Cual es mi espina?

La espina de Jesús el Cristo, todos sabemos cual era y cual es, recuperar al ser humano en su Semejanza perdida. Esa es la Espina de Dios. Nosotros somos su espina. Si Dios tiene una espina y la ama y no se revela contra ella, sino que se hace cómplice  y decide vivir con ella por siempre, por qué yo no hago lo mismo que Él.

Dios nos da a conocer su espina. Yo soy esa espina de Dios. Pero soy esa espina no por partes de mí, sino de forma integral. Tal cual, todo yo sin fracciones. No esto sí y esto no. ¿ Conozco yo mi espina?

¡Ojo! No es la espina o punzón que me puede clavar el “otro”, no, es la “espina que llevo clavada en mí”.

Ah, es que esa me la clavó Dios. No por favor, El Padre-Madre Dios no clava espinas. Nos libera de sus efectos para poder vivir con ella. Es más, si nosotros queremos, con su Gracia la puede convertir en algo noble. No le pidamos cuentas a Él de, y por qué a mí. Acariciémosla y ofrezcámosela diciendo, es tuya, es tu espina. Dame capacidad para amarla como tú la amas.

La espina de Dios

Parece que San Pablo, sí la conocía. La llegó a conocer, a asumir y a querer, por Gracia del Espíritu. Además la puso en sus manos, confiando en la Gracia de Aquel que todo lo puede.

Pablo tuvo la tentación de pedirle al Señor ser liberado de “su” espina.

Sí, según parece hasta tres veces. Pero del mismo Señor escucho, “ te basta mi Gracia”. En lo débil o que creemos débil de la persona, cuando lo vivimos con dignidad y amor, ahí en eso que yo considero “espina” se manifiesta la Grandeza transformadora de Dios.

Claro que no conocemos cual era la “espina” de San Pablo. Tampoco nos importa, mejor así. Pues si no, no veríamos mas que ésa clase o tipo de espina ;y así sabemos que cada uno tiene la suya o las suyas propias. ,

Las espinas de toda la humanidad, trenzan la corona de nuestro Rey.

la espina

Las espinas de toda la humanidad, trenzan la corona de nuestro Rey.

Él mismo se declara Rey ante Pilatos. Claro que su Reino no es de este mundo.

Si su reino fuera de este mundo, se ceñiría una corona labrada en oro y adornada con todo tipo de minerales preciosos, formando un mosaico de colores. Una corona, fruto de la esclavitud y miseria del pueblo. De esto sabían mucho aquellos faraones, emperadores, príncipes y jefes del pueblo.

Hay herencias a las que no se renuncia. No interesa. Se perpetúan en el tiempo, tanto por monárquicos como por republicanos; liberales o anarquistas. No se salva ningún tipo de ideología.  El “poder” sobre las personas. Pues el poder sobre las cosas, si no hay poder sobre las personas no interesa, no es productivo. Para que sea productivo y rentable hay que forzar el lumbago, doblar el riñon y arrimar el hombro.

El poder sobre las personas es más rentable, pues produce esclavos. Quienes procuran este tipo de coronas no conocen el “reino-poder” de la entrega, de la puesta en  practica  de los dones naturales en servicio a favor de la familia humana. No conocen el Reino del Amor. No reconocen al débil. Todo lo contrario, “luchan por los derechos sucesorios”.

Aquellos que trenzan la corona de espinas y la ponen sobre la cabeza del Nazareno, sin saberlo, ejercen de ángeles ejecutores del rito de coronación.

Al igual que Pilatos ejerce de notario dando fe para aquel presente y futuro sin fin, de la  confesión de Jesús, “Soy Rey”. Cuesta decirlo, pero sí, enviados por el Padre para confirmar la autoproclamación del Rey de los Judíos.

¿Alguna vez me he parado a pensar que formo parte de la corona de espinas de Jesús?

Me ama tanto que me quiere como soy. Me quiere tan cerca, tan cerca, que me quiere en su cabeza, motor de la vida. Quiere que aprenda a vivir con dignidad .Sin complejos. Me quiere para su Reino. Quiere que me empape de su Constitución , “ Las Bienaventuranzas”

Las espinas cuando cuentan con la Gracia del Espíritu Santo, me fortalecen y producen aroma de Dios porque me enseñan a amar las espinas de mis hermanos y hermanas.

¡Nunca mis espinas sean para hacer sufrir a nadie!. Que nunca la no aceptación de mis espinas sean dardos envenenados contra nadie. Y cuidado porque solemos apuntar con mucha inquina y maldad, en especial contra quienes nos vemos reflejados.

El Reino de Dios no es de este mundo. Porque al contrario que los reinos de este mundo, que convierten la vida en muerte;

el Reino de Dios convierte la muerte en vida.

¡Que nuestras espinas nunca desprendan el efecto y hedor de la persona sin Dios!

¡Seamos Aroma de Dios!

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